Armaja Das
El rascacielos, edificado en 1980, mantenía aún el olor y el aspecto de algo nuevo. Y de dinero.
El portero se arqueó unos pocos grados y mantuvo el rostro impasible mientras le abría la puerta a una anciana encorvada. Sujeta en una mano, como una garra, la mujer llevaba una tarjeta de Veteranos. El portero no le tenía mucho aprecio al guardia de seguridad, y aquella mujer iba a poner a éste en una situación interesante.
La piel de la cara de la mujer colgaba formando profundas arrugas y mostrando toda una red de diminutos canalitos; tenía la barbilla y la nariz prominentes y flácidas. Una catarata le dejaba un ojo opaco; el otro ojo era amarillo y rojo, rodeado de negro intenso, de párpados inmóviles. Los dientes se los había dejado en cosas diversas. Al andar, arrastraba los pies. Llevaba un viejo vestido negro, con tonalidades ligeramente grises a causa de los repetidos lavados. Si tenía algún cabello, lo ocultaba bajo una tela de color azul pálido. Iba tan encorvada que su cuello era casi paralelo al suelo.
—¿En qué la puedo servir? —el guardia de seguridad tenía una voz cansada, que hacía juego con sus hombros y su espalda. El empleo le había parecido un poco romántico durante los dos primeros días; consistía en proteger a toda aquella gente rica, sentado frente a un tablero de mandos ultramodernos, rodeado de pantallas de video y con una metralleta a mano. Pero los monitores estaban en blanco, salvo durante la comprobación que hacía a cada hora; había que ahorrar energía. Y si alguna vez retiraba siquiera la metralleta de su soporte, tendría que llenar cinco formularios y llamar al puesto de policía. Y el portero nunca rechazaba a nadie.
—Compre unas flores para ayudar a unos muchachos menos afortunados que usted —dijo la mujer, con una voz débil y desagradable, con tonalidad de barítono. Por su edad y por su acento, se hubiera podido creer que sus hijos habían combatido en la revolución rusa.
—Lo siento. No estoy autorizado a… atender obras de caridad estando de servicio.
Ella se lo quedó mirando durante un buen rato, asintiendo con movimientos de cabeza casi imperceptibles.
—Entonces, envíeme a alguien con más corazón —dijo.
El hombre estaba intentando encontrar una respuesta adecuada cuando la puerta se abrió de pronto de par en par.
—¡Fuego en un coche! —gritó el portero.
El guardia de seguridad saltó de su asiento, cogió un extintor y echó a correr hacia la puerta. La vieja arrastró los pies detrás suyo, hasta que tanto el guardia como el portero desaparecieron por la esquina. Entonces, ella se dirigió al ascensor con sorprendente agilidad.
Subió al piso diecisiete y después apretó el botón que devolvería el ascensor al vestíbulo. Comprobó el nombre de la placa de la habitación 1738: Señor Zold. Era analfabeta, pero podía identificar los nombres.
Sin preocuparse por probar si estaba abierta, anduvo a lo largo del pasillo hasta que encontró un reservado para mujeres de servicio. Cerró la puerta detrás suyo y se escondió detrás de un perchero de almidonados uniformes blancos, apoyándose contra la pared, con su bolso entre los pies. El ligero olor a gasolina no la molestó en absoluto.
John Zold apretó el botón del intercomunicador.
—¿Martha? —la secretaria contestó—. Antes de que se vaya me gustaría hacer una comprobación de la redundancia del apartado 408, a cotejar con la cinta 408.
Accionó el selector de su pantalla para que en ella apareciera la información que saldría de la terminal de Martha. Metió tabaco en una pipa y la encendió, sin dejar de observar.
La pantalla se llenó de números verdes: una complicada matriz de unos y ceros. Se esfumaron durante un segundo y fueron reemplazados por una sucesión de líneas de ceros. Las líneas de ceros empezaron a avanzar hacia arriba, sucediéndose, como los títulos que preceden a una película.
La línea setecientos cuarenta y seis apareció formada exclusivamente por unos. John apretó de nuevo el botón del intercomunicador.
—Tenía que ser algo así. ¿Tienes tiempo para resolverlo? —lo tenía—. Gracias, Martha. Nos veremos mañana.
Volvió a deslizar hasta su sitio la parte del tablero de su mesa que ocultaba una perforadora y tecleó rápidamente:
523 784 00926// Buenas noches, máquina. Cierra esta terminal, por favor.
Buenas noches, John.
No te olvides de la invitación de mañana para comer con el señor Brownwood.
Cita con el dentista miércoles 09:45.
Comprobación de los sistemas generales miércoles 13:00.
Del o del baxt. Cerrada.
«Del o del baxt» significaba «Dios te de suerte» en la antigua lengua de los gitanos.
John Zold, gitano de nacimiento pero no por ningún otro detalle que no fuera la fuerza de la sangre, desconectó su teclado y abrió el cajón más bajo de su escritorio.
Cogió una pistola automática plana con una funda con cargador y se la metió debajo de la chaqueta, en la parte interior de la cintura de los pantalones.
Sólo hacía dos semanas que llevaba la pistola y aún le hacía sentirse incómodo. Pero estaban aquellas cartas.
John había nacido en Chicago, algunos años después de que sus padres hubieran huido de Europa y de Hitler. Su padre había sido un hombre impetuosamente orgulloso; un día, tras haberse visto envuelto en una amarga discusión sobre el honor de su hija de doce años, había regresado a casa con los nudillos despellejados y sangrando, y había entregado a su esposa una gran navaja con sangre seca incrustada para que la escondiera.
John era menudo para sus cinco años de edad y su barbilla apenas alcanzaba la mesa de la cocina a la que estaba sentada toda la familia discutiendo su incierto futuro mientras la señora Zold vendaba las manos de su marido. La poca talla de John le salvó la vida cuando la ventana de la cocina estalló y una ráfaga de balas destrozó las cabezas y pechos de las únicas personas en el mundo que el pequeño amaba y en las que podía confiar. La policía lo encontró acurrucado entre los cuerpos de su padre y su madre, y lo primero que pensaron al verlo cubierto de sangre, completamente inmóvil, con los ojos muy abiertos y sin llorar, fue que también él estaba muerto.
El solícito personal del orfelinato tardó seis meses en conseguir sacarle una sola palabra: ratvalo, que repetía una y otra vez, y que ellos nunca fueron capaces de traducir. «Ensangrentado, sangrante».
Pero el chiquillo había crecido hablando principalmente inglés, con algunas palabras de lengua gitana o caló y de húngaro entremezcladas para dar sabor o precisión al lenguaje. Un año después, el problema ya no fue comunicarse con John sino tratar de hacerlo callar.
Nadie adoptó al pequeño gitano, cosa de la que John se alegró. Ya había tenido familia y el final no había podido ser peor.
En la escuela del orfelinato fue suspendido en caligrafía y conducta, pero quedó razonablemente bien en todo lo demás. En aritmética, y más tarde en matemáticas, estuvo más que brillante. Cuando salió del orfelinato, a los dieciocho años, se matriculó en la universidad de Illinois y se ganó la vida trabajando como ayudante de contable y, a ratos, de modelo. Había salido de su fea adolescencia con un sorprendente parecido físico a Clark Gable.
Durante el servicio militar pasó dos años manipulando ordenadores en Fort Lewis y, una vez licenciado, continuó sus estudios hasta conseguir el grado de profesor. Su tesina, «Emulación de los sistemas físicos continuos por medio de la universalización de los algoritmos de Trakhtenbrot», fue muy bien recibida, y el departamento de matemáticas le dio una beca para que pudiese ampliarla hasta convertirla en una tesis doctoral. Pero hubo además otras personas que leyeron su disertación y, al cabo de pocos meses, la Bellcom International le contrató, con lo cual dejó el ámbito universitario. Ascendió rápidamente a través del escalafón. No había cumplido aún los cuarenta años y ya era jefe analista del departamento de Investigación de Bellcom. Tenía su propio despacho, con grandes ventanales que dominaban Central Park, y una lujosa residencia a sólo veinte minutos en tren.
Como era su costumbre, John compró una gran lata de cerveza de camino a la estación y la abrió tan pronto como se hubo sentado. Esto le ayudaba a no ponerse nervioso durante los quince o veinte minutos de espera, mientras el tren se llenaba de pasajeros.
Sacó de la cartera un grueso informe técnico y miró el sumario que figuraba en la primera hoja, sin verlo realmente, pero confiando que, al simular que estaba ocupado, se libraría de cualquier compañero de viaje anónimo que buscase conversación.
El tren era un expreso, y los llevó a Dobb's Ferry en doce minutos. John no levantó la vista del informe hasta que estuvieron bien alejados de Nueva York; el túnel de tela metálica que protegía la vía contra los gamberros hacía borrosa la visión y daba a la retina una falsa noción de los colores. A algunas personas les gustaba aquello, pero para John el efecto era como mínimo molesto y a veces incluso mareante, lo cual dependía de lo cansado que estuviese. Aquella noche estaba terriblemente cansado.
Descendió del tren dos paradas más allá de Dobb's Ferry. El coche de servicio lo estaba esperando a él y a otros dos residentes. Era una agradable noche de primavera, y normalmente John habría recorrido a pie la media milla que le quedaba, cansado o no. Pero aquellos anónimos…
«John Zold, déjate de sermones o morirás pronto. Armaja das, John Zold».
Las tres cartas decían esto: «Armaja das. Lanzamos una maldición sobre ti, por echar sermones».
Temía menos a las maldiciones que a las balas. Mientras descendía del tren, se desabrochó el botón inferior de la chaqueta, dispuesto a desenfundar rápidamente y correr a refugiarse detrás de aquel cubo de basura, como en el cine; pero no había nadie de aspecto sospechoso en las inmediaciones. Sólo las habituales amas de casa y el viejo policía que estaba de servicio permanente en la estación.
El asesinato a la vista de todo el mundo no era propio del estilo gitano. Pero los estilos cambian. Subió al coche y vigiló las calzadas laterales durante todo el trayecto hasta su casa.
En su buzón había otro sobre como los anteriores. No lo abriría hasta que llegase a su apartamento. Entró en el ascensor con la demás gente y marcó el piso diecisiete.
Estaban furiosos porque John Zold les estaba robando a sus hijos.
El mes de marzo último, su asesor fiscal le había sugerido que podía contribuir con cuatro mil dólares a cualquier obra de beneficencia y ganar así unos pocos cientos en el proceso, porque entraría en una categoría fiscal más baja. John no era de los que hacían las cosas por el sistema más fácil y evidente, así que efectuó varias indagaciones y, tras soportar cierta dosis de tedio burocrático, fundó el Consejo para la Integración de Jóvenes Gitanos con fondos procedentes a partes iguales de los gobiernos federal, estatal y municipal, y becas concedidas por la Fundación Ford.
En realidad el CIJG no era más que una oficina de una sola habitación con sede en el barrio de West Village y atendida por personal voluntario. Estaba llena de folletos diversos y de proclamas; en su mayor parte escritos por John, que explicaban que los jóvenes gitanos podían sacar legítimo provecho de la sociedad americana si se decidían a formar parte de ella, cosa que los gitanos amantes de la tradición no veían con buenos ojos. Empleos, escolaridad, programas de estudio, todo esto eran cosas para los gadjos, y veneno para el espíritu de un gitano.
En el mes de noviembre, al abrir la oficina por la mañana, un voluntario había encontrado una tosca bomba incendiaria de cinco galones de gasolina que empleaba una vela como mecha retardada. La vela estaba colocada a una pulgada del reguero de pólvora que habría hecho arder la gasolina. En enero, encontraron entrañas de gallina dentro de los ficheros y pegadas a las paredes. Pero John consiguió hacerse con los servicios de un hombre joven y resuelto para que durmiera en un camastro en la oficina, como un gato, con una escopeta a su lado, y no hubo más problemas de aquel tipo. Todo lo más recibían la visita de un grupo de hombres y mujeres de edad que entraban desfilando en silencio y con la mirada fija para coger los folletos a fajos y romperlos y tirarlos una vez volvían a salir al pasillo. Pero el papel era barato.
John corrió el cerrojo de su puerta y colgó la chaqueta en el armario ropero. Puso la pistola en un cajón del escritorio y se sentó para abrir la correspondencia.
La carta más corta decía: «Esta noche, John Zold. Armaja das». «Pues que haya mucha suerte», pensó él. Aquella noche ni siquiera estaría en casa; tenía una cita. Y se quedaría en casa de la mujer, en Gramercy Park ¿Le echarían una maldición allí? ¿Durante el espectáculo o en casa de Sardi?
Abrió dos sobres más, facturas, y entonces llamaron a la puerta.
No había sido anunciada desde abajo. Quizá era un vecino. El tipo de la puerta de al lado siempre estaba pidiendo algo. Silencio. Sintiéndose un poco tonto, se volvió a meter la pistola en la cintura. Se puso la chaqueta, por si no se trataba más que de un vecino.
Por la mirilla de la puerta no se veía nada. Mala cosa. Sacó la pistola y la mantuvo fuera de vista junto a la jamba de la puerta, descorrió el cerrojo y abrió con cuidado. Se encontró frente a una mujer gitana, demasiado baja para que se la hubiera podido ver a través de la mirilla. La mujer se hizo atrás y dijo:
—John Zold.
Él la miró.
—¿Qué quieres, púridaia? —sólo podía recordar más o menos un centenar de palabras de caló gitano, pero «abuela» era una de ellas. ¿Cuál era la palabra que quería decir «bruja»?
—Tengo un regalo para ti.
Sacó de su bolso un librito de color verde oscuro, doblado y con los bordes arrugados, y se lo entregó. Era un pasaporte canadiense muy usado, perteneciente a un tal William Belini. Pero la fotografía que iba en la parte interior de la cubierta delantera era la de John Zold. Dentro había un pasaje de avión de las líneas aéreas Qantas. John no lo abrió. Cerró el pasaporte con un movimiento rápido y lo devolvió. La vieja no lo quiso aceptar.
—Un gran trabajo. Me halaga saber que se me considera tan importante.
—Tómalo y márchate para siempre, John Zold, o tendré que hacer lo segundo.
John sacó el sobre del pasaje de entre las páginas del pasaporte.
—Esto me lo quedo. Puedo conseguir el reembolso, y con el dinero se pueden comprar multitud de carteles y folletos. — Intentó meter el pasaporte en el bolso de la vieja, pero no lo consiguió. —¿Qué es lo segundo?
El pasaporte había caído al suelo y la mujer lo empujó hacia él con la punta del pie.
—Cógelo. —Intentó sonar imperiosa, pero la voz salió delgada aunque petulante.
—Lo siento, pero no me serviría para nada. ¿Qué es…?
—La segunda cosa es tu muerte, John Zold —y metió la mano en el bolso.
Él sacó la pistola y apuntó a la frente de la mujer.
—No, no creo.
Ella ignoró la pistola y sacó un puñado de plumas blancas de gallina. Las dejó caer sobre el umbral del piso. «Armaja das», dijo; después siguió refunfuñando en caló gitano, dejando caer plumas a intervalos regulares. John reconoció las palabras joovi y kan, que querían decir respectivamente «mujer» y «pene»; habría podido captar algunas otras palabras si ella las hubiese pronunciado más claramente.
John volvió a poner la pistola en la funda y esperó hasta que ella hubo acabado.
—¿De verdad piensas que…?
—Armaja das —repitió la vieja, e inició una nueva letanía. Él reconoció una palabra, entre tantas, que significaba corrupción o infección; y la última palabra fue absolutamente clara: muerte. Méripen.
—Todas estas tonterías no van a… —pero la anciana ya le daba la espalda. Forzó una risa y miró cómo la mujer se marchaba, pasando más allá del ascensor hasta llegar a la esquina que conducía a la escalera.
Hubiera podido llamar al guardia de la casa. Asegurarse de que la vieja no saldría por la puerta trasera. Acusarla de entrada ilegal. Pero sospechó que ella sabía que a él no le gustaba crearse problemas, y esto le fastidió un poco. Se dirigió al teléfono, pero antes de llegar consultó su reloj y regresó a la puerta. Recogió las plumas y las echó a la basura. Disponía de tiempo. Se podía afeitar, duchar y cambiar de ropa. Tomaría el coche hasta la estación, el tren hasta la ciudad y un taxi desde la gran estación central hasta el apartamento de la mujer con la que estaba citado.
El espectáculo fue un puro deleite; una reposición erótica de Lysistrata; salir con Sardi le resultó tan tonificante como siempre; era una mujer agradable, con estilo y chispa, que casi lo arrastró a su apartamento, donde él, por primera vez en su vida, estuvo impotente.
La psiquiatra no usaba ninguno de los sistemas tradicionales: nada de divanes ni estanterías llenas de libros evidentemente caros. Ni alfombra, ni artesonado, ni impresos numerados, ni siquiera la libreta de notas o la expresión de compasión ligeramente desinteresada. En lugar de eso tenía un magnetófono escondido, una mirada ceñuda y analítica, y un despacho de paredes desnudas con una mesa funcional y un par de sillas de asiento duro.
—Usted sabe exactamente cuál es el problema —dijo.
John asintió.
—Supongo que sí. Algún… residuo de mi infancia. Aceptó a aquella mujer como un símbolo de autoridad. Por las pocas palabras que pude entender de todo lo que dijo, deduje que era…
—Con las palabras «pene» y «mujer» se construyó usted su propia maldición. Y probablemente la está utilizando para castigarse a sí mismo por haber sobrevivido al desastre que mató al resto de su familia.
—Esto está muy pasado de moda. Y es inverosímil. He tenido casi cuarenta años para castigarme a mí mismo si me hubiese sentido responsable. Y no lo he hecho.
—Sin embargo, es una hipótesis que puede funcionar. —La mujer se enderezó en su silla y examinó el dibujo que formaba la madera de tejo de la parte superior de la mesa, encima de la cual no había nada—. Puede que manteniendo el problema a un nivel sencillo, la curación resulte sencilla también.
—Conforme por mi parte —dijo John. A 125 dólares por hora, cuanto antes mejor.
—Si es usted capaz de verlo, de sentirlo en este contexto, entonces la clave de su curación es la transferencia.
Se inclinó adelante, con los codos encima de la mesa, y John observó con destacado interés el ligero movimiento de sus pechos; era el único interés que había sentido por las mujeres desde hacía más de una semana.
—Si en vez de a ella me puede ver a mí como una figura autoritaria —continuó la mujer—, con el tiempo podré llegar hasta el chiquillo que hay en su interior y convencerle de que no hubo ninguna maldición. No es más que un caso de apreciación errónea de otra personalidad… Simplemente una vieja que lo asustó. Con una hipnosis cuidadosa, la cosa no tendría que ser demasiado difícil.
—Parece razonable —dijo John, lentamente. ¿Aceptar que aquella joven geyri era más poderosa que la vieja bruja? Como adulto podía hacerlo. Aunque si había un chiquillo gitano asustado escondiéndose en su interior, no estaba tan seguro.
523 784 00926//Hola, máquina —grabó John. ¿Quién es el mejor dermatólogo en diez manzanas a la redonda?
Buenos días, John. Dentro de la distancia indicada y, usando como único parámetro sus honorarios por hora, el precio máximo es de $9.5/hora y esto es lo que cobran dos dermatólogos: el doctor Bryan Dill, calle 245 oeste, nº 45, especializado en dermatología cosmética, y el doctor Arthur Maas, calle 198 Oeste, nº 44, especializado en enfermedades graves de la piel.
¿Querrá el doctor Maas tratar enfermedades de origen psicológico?
Sin duda. Gran parte de las dermatosis lo son.
No seas engreída, máquina. Pídeme hora con el doctor Maas, dentro de los dos próximos días.
Tienes hora mañana a las 10:45. La visita durará una hora.
Tendrás pues 45 minutos para ir a Luchow a la cita con el Grupo AMCSE.
Espero que no tengas nada grave, John.
Confío en que no. «Qué grima estos circuitos de empatía». ¿Has arreglado lo referente a la terminal remota de Luchow?
No ha sido necesario. Haré un remiendo a través de ConEd/General.
Alquilarles las instalaciones de luchow sólo costaría un 0,588 del coste proyectado para el transporte y los trabajos de instalación de una terminal remota.
Así es mi máquina, siempre pensando. Muy bien, máquina. Mantén esta estación en activo indefinidamente.
Gracias, John.
Las letras se apagaron, pero la luz de disponibilidad se mantuvo encendida.
John no debería quejarse de los circuitos de empatía; eran sus niños mimados y el motivo principal de que Bellcom le pagase tan buen sueldo por conservar sus servicios. Los derechos de propiedad sobre el envasado de la empatía valían aún para otros doce años y, alquilándolos, estaban ganando una fortuna. Prácticamente todos los grandes ordenadores que había en el mundo estaban conectados con el aparato que él había proyectado desde la ConEd/General que regía Nueva York, hasta Ginebra, y Akademia Nauk, que juntas regían la mitad del mundo.
La mayoría de clientes daban al envasado de empatía un nombre, habitualmente femenino. John la llamaba «máquina», en un intento algo fallido de dejar de considerarlo algo humano.
Hizo un esfuerzo consciente para no rascarse los granos de la parte posterior del cuello. Debió haber ido al médico cuando aparecieron por primera vez, pero la psiquiatra le había asegurado que ella se los podría curar; eran la «corrupción» de la segunda maldición. Pero no tuvo en esto más éxito del que había tenido con la impotencia. Y aquella mañana le habían salido forúnculos en el pecho, ingles y omóplatos. Tenía algunos narcóticos, pero prefirió aguantar con aspirinas hasta después del trabajo.
El doctor Maas lo llamó impétigo; le recetó un jabón especial y un ungüento antibiótico y le dijo que volviese al cabo de diez días o dos semanas. Si para entonces no había mejora, tomaría medidas más severas. Para ser médico parecía muy joven y John no se vio con ánimos para decirle nada sobre la maldición. Por otra parte, pensó que ya tenía una doctora para esto.
Tres días más tarde volvió al consultorio del doctor Maas. Apenas si había una pulgada cuadrada en su cuerpo donde no hubiese aparecido algún tipo de lesión. Tenía treinta y ocho grados de temperatura. El médico le recetó antibióticos y le dijo que se tomase dos días de descanso en la cama. John le contó lo de la maldición, finalmente, y el médico le dio un folleto sobre enfermedades psicosomáticas. El folleto no dijo a John nada que no supiese ya.
A la mañana siguiente, a pesar de los fuertes antipiréticos, la fiebre había subido a cuarenta grados. Aturdido, con fiebre y calmantes, John se arrastró fuera de la cama y marchó a West Village, a la oficina del CIJG. Fred Gorgio, el hombre que guardaba el lugar por la noche, estaba todavía allí.
—¡Señor Zold! —cuando John apareció en la puerta, Gorgio se levantó de un salto de la silla y le cogió un brazo.
John hizo una mueca de dolor, pero se dejó conducir a una silla.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Gorgio. El aspecto de John era el de un enfermo de viruela.
Durante un largo minuto, John se quedó sentado inmóvil, mirando los granos inflamados que le cubrían el dorso de las manos.
—Necesito un curandero —dijo, hablando lenta y torpemente debido a las lesiones de sus labios.
—¿Un chóvihánni? —John miró al otro sin entenderlo—. ¿Un brujo?
—No. —Movió la cabeza de un lado a otro— Un curandero. Quizás un brujo blanco.
—¿Ha ido a ver al doctor gadjo?
—A dos. Una gitana me hizo esto y una gitana lo ha de curar.
—¿Entonces, lo lleva en la cabeza?
—Los doctores gadjo dicen que sí. Podría matarme.
Gorgio cogió el teléfono, marcó un número y soltó una rápida sucesión de palabras de una jerga que usaba tanto como el caló gitano, el italiano y el inglés.
—Era mi primo —dijo al colgar el aparato—. Su madre es curandera y tiene buena reputación. Si la encuentra en casa, podrá estar aquí en menos de una hora.
John murmuró unas palabras de gratitud. Gorgio lo condujo al camastro.
La curandera llegó pronto y entró apresuradamente con una bolsa de mimbre llena de cosas que traqueteaban. Echó una mirada a John y a Gorgio y empezó a despejar de papeles un lado de la mesa. Parecía estar en una edad intermedia entre los cincuenta y los sesenta años; el grueso moño de cabello plateado iba rebotando mientras ella se movía por la habitación, instalando un hornillo y llenando de agua dos potes pequeños. Llevaba un vestido negro que no tendría muchos años y zapatos cómodos y sencillos. Las únicas líneas de su cara eran indicadoras de satisfacción.
Se situó de pie ante John y dijo algo en italiano, hablando rápido y en tono amable; después cogió un pesado crucifijo de plata que llevaba alrededor del cuello e hizo que John lo estrechara entre sus manos.
—Dile que hable en inglés… o húngaro —pidió John.
Gorgio hizo de intérprete.
—Dice que no debería usted dejarse afectar tanto por las antiguas supersticiones. Usted debería ser un hombre moderno y no creer en cuentos de hadas para chiquillos y viejos.
John contempló el crucifijo, haciéndolo girar lentamente entre los dedos.
—Ésta se parece mucho a la otra superstición de la que habla —dijo, pero no alargó el crucifijo para devolverlo.
El más pequeño de los potes estaba empezando a soltar vapor y la mujer dejó caer dentro un puñado de hierbas. Después volvió al lado de John y lo desvistió cuidadosamente.
Cuando la infusión de hierbas empezó a hervir, vació un paquete de polvo de arrurruz dentro del agua fría del otro pote y lo revolvió vigorosamente. Después vertió la solución caliente en el pote frío y revolvió un poco más. Por medio de Gorgio, le dijo a John que no estaba segura de si aquel tratamiento lo llegaría a curar. Pero le haría sentirse más aliviado.
El líquido se cuajó y ella tanteó la temperatura con los dedos. Cuando estuvo lo bastante frío, empezó a darle palmaditas suaves a John en la cara. Entonces la puerta chirrió y se abrió, y la mujer se quedó boquiabierta. Era la vieja bruja, la que había lanzado la maldición contra John.
La bruja dijo algo en caló gitano, evidentemente una orden, y la otra mujer se apartó de John.
—¿Sigues siendo escéptico, John Zold? —echó una mirada a su obra—. Dijiste que esto era absurdo.
John le echó una mirada furiosa, pero no dijo nada.
—Me he enterado de que habías pedido un curandero —dijo la bruja, y después se dirigió a la otra mujer en tono muy bajo. Sin decir nada, la otra vació su poción en el fregadero y empezó a retirar todos sus objetos.
—Vieja bruja —gruñó John—. ¿Qué le has dicho?
—Le he dicho que si continuaba tratándote, lo que te ha pasado a ti les pasaría también a sus hijos.
—Has tenido miedo de que el tratamiento diese resultado —dijo Gorgio.
—No. Sólo le habría hecho más fácil la muerte a John Zold. Si yo hubiese querido esto, lo habría podido matar en su casa. —Con la rapidez de un pajarraco, se inclinó y besó a John en los inflamados labios — Pronto te veré, John Zold. Pero no en este mundo.
Marchó hacia la puerta, salió y la otra mujer la siguió. Gorgio la maldijo en italiano, pero ella no reaccionó.
John se vistió dolorosamente.
—¿Y ahora qué? —dijo Gorgio—. Le podría encontrar otro curandero…
—No. Volveré a los doctores gadjo. Ellos dicen que pueden hacer regresar de la muerte a las personas.
Entregó a Gorgio el crucifijo de la mujer y se marchó cojeando.
El doctor le dio antibióticos suficientes como para convertirlo en una hogaza de pan mohoso; después se hizo reservar una cama en una clínica de categoría en Westchester, para empezar a la mañana siguiente. Estaría en observación durante veinticuatro horas y recibiendo constantes transfusiones de sangre si era necesario. Lo curarían. No era posible que un hombre de su edad y estado físico muriese de una dermatosis.
Era la hora de cenar y el doctor invitó a John a una comida de cocina casera. Él declinó la invitación en parte por falta de apetito y en parte porque no podía imaginar que ni siquiera la familia de un médico fuese capaz de comer en compañía de aquella horripilante aparición que se sentaría a la mesa con ellos. Tomó un taxi y se fue a la oficina.
No había nadie en su planta excepto un conserje, que echó una mirada a John y mostró un intenso interés por alejarse de allí.
523 784 00926//Máquina, voy a morir. Por favor, aconséjame.
Todos los humanos y máquinas mueren, John.
Si quieres decir que vas a morir pronto, es triste.
Esto es lo que quiero decir. La infección de la piel está completamente fuera de control. Las células blancas siguen aumentando a pesar de las drogas. Mañana iré al hospital, a morir.
Pero tú admitiste que el estado era psicosomático.
Esto significa que te estás matando a ti mismo, John.
No tienes motivo para estar tan triste.
Insultó a la máquina y le explicó algunos detalles sobre el CIJG, la vieja bruja, las diversas fases de la maldición y el fallido intento de ese mismo día de combatir el fuego con fuego.
Tu lógica fue correcta pero su aplicación no fue eficaz.
Debiste haber acudido a mí, John.
Me costó 2,037 segundos resolver tu problema.
Compra un pájaro negro pequeño y conéctame a un circuito vocal.
—¿Qué? —exclamó John.
Y tecleó: Explícate, por favor.
Mediante consultas realizadas a la colección de la Biblioteca de Nueva York de la revista de la Sociedad de Ciencia Popular Gitana, Edimburgo, a revistas de lingüística antropológica y filología eslava, a la tesis doctoral de Ludwig R. Gross (Heidelberg, 1976) y a la transcripción de la grabación en alambre magnético que figura en los archivos de la Akademia Nauk, Moscú, capturada a los científicos alemanes (experimentos con gitanos en los campos de concentración, para matarlos mediante la repetición de maldiciones grabadas) al término de la segunda guerra mundial. A propósito, John, los experimentos nazis fracasaron.
Hace incluso dos generaciones, muchos gitanos se apartaron de las viejas tradiciones lo bastante para quedar inmunes a la fatal maldición.
Tú eres muy supersticioso.
He descubierto que esto no es raro entre los matemáticos.
Hay una transferencia de maldición que te curará a ti traspasando la impotencia y la infección a la persona susceptible a ella más cercana.
Ésta podría muy bien ser la vieja bruja que te la dio a ti en principio.
La tienda de animales del 588 en la Séptima Avenida está abierta hasta las 9 de la tarde.
Su inventario incluye una jaula de pájaros pequeños de diferentes colores.
Compra uno negro y regresa aquí.
Entonces conéctame a un circuito vocal.
A John le costó menos de treinta minutos ir al lugar en un taxi, comprar el pájaro y regresar. El taxista no le preguntó por qué llevaba un pájaro enjaulado a un edificio de oficinas desierto. Le pareció una idiotez.
John solía evitar el uso del circuito vocal, porque la persona que lo había programado había dado a la máquina una voz empalagosa de ancianita amable. Trasladó el aparato a su oficina y lo conectó.
—Gracias, John. Ahora coge el pájaro con la mano izquierda y sigue mis instrucciones.
El aterrorizado pajarito no ofreció resistencia cuando John cerró la mano sobre él.
La máquina habló en caló gitano con acento ruso. John lo repitió lo mejor que pudo, pero apenas una palabra de cada diez tuvo significado para él.
—Ahora, mata al pájaro, John.
¿Matarlo? Sintiéndose culpable, John apretó con fuerza, notando como los pequeños huesos se rompían, El pájaro chilló, y después el grito fue cada vez más débil. Su corazón se detuvo.
John dejó caer el ave muerta y tecleó: «¿Ya está?».
La máquina se dio cuenta de que a John no le gustaba oír su voz, así que contestó a través de la pantalla del video.
Sí. Vete a casa y métete en la cama, y la maldición estará transferida cuando despiertes.
Del o del baxt, John.
John cerró y marchó a casa. Los últimos pasajeros del tren, todos desconocidos, evitaron el extremo del vagón donde iba él. El taxista de la estación palideció al ver a John y cogió el dinero del importe con mucho cuidado, por un ángulo que él no había tocado.
John se tomó dos píldoras para dormir y miró las que quedaban en el frasco. Decidió que podría aguantar un día más y descorchó su mejor botella de vino. Se bebió la mitad en cinco minutos, sin saborearlo. Cuando notó que su cuerpo empezaba a ponerse pesado, se arrastró hasta el dormitorio y se dejó caer en la cama sin quitarse la ropa.
Cuando despertó a la mañana siguiente, lo primero que notó fue que ya no era impotente. Lo segundo, que ya no tenía granos en la mano derecha.
523 784 00926//Gracias, máquina. La contra-maldición funcionó.
La luz brilló como siempre, pero la máquina no contestó.
Pasó al intercomunicador.
—¿Martha? No recibo respuestas en la pantalla de mi ordenador.
—Un momento, señor, permita que cuelgue la chaqueta. Llamaré a la sala de máquinas. Bienvenido.
—Esperaré.
«Pudiste haber llamado tú mismo a la sala de máquinas, negrero», se dijo. Miró la tenue imagen reflejada en la pantalla del video. Su cara estaba libre de toda inflamación. Pensó en la vieja bruja gitana, muriendo de corrupción, y la idea no le desagradó en absoluto. Después recordó al pajarito y vio el menudo cadáver sobre la alfombra. Lo cogió justo cuando Martha entraba en su oficina, ceñuda.
—¿Qué es esto? —dijo la mujer.
John gesticuló señalando la jaula.
—Pensé que podría vivir un pajarito aquí. Pero murió. —Lo dejó caer en la papelera— ¿Cómo marcha eso?
—Oh, es… es bastante extraño. Dicen que no se lo pueden explicar. La máquina funciona, pero no… bueno, no habla.
—Hum. Será mejor que vaya.
Tomó el ascensor para bajar al sótano, siempre había parecido que allí hacía un calor desagradable. Probablemente era una compensación psicológica por parte del personal, que mantenía la temperatura alta a causa de todo el helio líquido de dentro de los compartimentos que contenía la unidad central de tratamiento de datos. Un líquido que era necesario mantener más frío que la superficie de Plutón.
—Ah, señor Zold —saludó un hombre vestido con mono de trabajo, con una chapa indicadora de su categoría profesional: coordinador del primer turno. John lo reconoció, pero no pudo recordar su nombre. Normalmente, se lo habría preguntado a la máquina antes de bajar—. Me alegro de que vuelva a estar aquí. Oí decir que estaba muy enfermo.
¿Una preocupación amistosa o simple pelotilla?
—Una especie de alergia que me fastidió durante más de una semana. ¿Cuál es el problema?
—Le habría dejado un mensaje si hubiese sabido que usted iba a venir aquí. El fallo está en el CPU. Theo Jasper lo encontró cuando abrió la máquina, poco después de las seis, pero costó más de una hora encontrar a un especialista en criógenos y hacerlo venir aquí.
—¿Es aquél? —un hombre con traje caminaba lentamente alrededor de la unidad central de tratamiento, leyendo esferas y anotando las cifras en una libreta. Se le acercaron y el hombre se presentó como John Courant, del Departamento de Criógenos de Avco/Everett.
—El problema estaba en la pila de anillos de mercurio que aguantan los superconductores de las funciones de salida. Una especie de corrosión abre grietas submicroscópicas por toda la superficie.
—¿Cómo se puede corroer algo a cuatro grados por encima del cero absoluto? —preguntó el coordinador—. ¿Qué…?
—Ya sé que es difícil de creer. Pero ahora los estamos sustituyendo, sin que les vaya a costar nada. El aparato está aún bajo garantía.
—¿Qué hay de las otras pilas? — John estaba mirando a dos trabajadores que bajaban un cilindro de plata a través de una abertura en el CPU. Una espesa niebla provocada por el frío salía por allí —¿Está usted seguro de que están bien?
—Por todo lo que he podido apreciar, sólo está afectada la pila de salida. Es por esto que la máquina es impotente para…
—¡Impotente!
—Perdone. Ya sé que a ustedes los analistas no les gusta… personificar a las máquinas. Pero de eso se trata; la máquina sigue funcionando tan bien como siempre. Lo único que pasa es que no puede comunicar ninguna respuesta.
—Vaya. Interesante. —John pensó en la corrosión y las grietas submicroscópicas—. Tengo que pensar en todo esto. Llámeme al despacho si me necesita.
—Creo que ya está arreglado —dijo Courant—. Muchachos, ¿habéis terminado? —preguntó a los operarios.
Uno de ellos, que estaba apretando una abrazadera de la parte alta de la CPU que se cerraba a presión, dijo:
—Lista para funcionar.
El coordinador los llevó hacia un tablero de mandos que había bajo de una pantalla de video parecida a la del despacho de John.
—Veamos —dijo, y apretó un botón marcado con las siglas VDS.
—Déjame morir, dijo la máquina.
El coordinador rió nerviosamente.
—Sus circuitos de empatía, señor Zold. A veces hacen cosas raras. —Y apretó de nuevo el botón.
Déj me morir. Después, Déj m mo. Las letras se desvanecieron y de nada sirvió seguir apretando el botón.
—Bueno, no quiero seguir molestándole. Llámeme arriba si sucede algo.
John subió y dijo a la secretaria que anulase todas las citas del día. Después se sentó y se puso a fumar.
¿Cómo podía una máquina contagiarse de una enfermedad psicosomática de un ser humano? ¿Y cómo se podría curar?
¿Cómo podría él hablar a nadie de una cosa así sin que lo encerrasen en una celda acolchada?
Sonó el teléfono; era el coordinador de la sala de máquinas. El nuevo elemento superconductor había hecho exactamente lo mismo que el viejo. En vez de efectuar un nuevo cambio, iban a conectar la máquina al gran ordenador ConEd/General, utilizando sus conexiones de salida y su «unidad de diagnóstico». Si el ordenador más grande que había a este lado de Washington no podía encontrar lo que marchaba mal, se encontrarían en un verdadero problema. John accedió. Colgó el teléfono e hizo girar el selector de su pantalla hacia el canal que venía de ConEd/General.
¿Por qué la máquina había dicho «déjame morir»? ¿Cuándo, por otra parte, está muerta una máquina? John suponía que no sólo se la tenía que desenchufar de la red, sino que además se le habían de borrar todos los datos que tenía almacenados. Destruir su identidad. Así no se la podría devolver a la vida simplemente volviéndola a enchufar. ¿Por qué el suicidio? Se acordó de lo que había sentido él con la botella de vino y píldoras para dormir en la mano.
Una intuición repentina: la máquina había pronosticado las medidas que tomarían. Había querido morir porque sentía compasión no sólo por los humanos, sino también por las otras máquinas.
Una vez conectada a ConEd/General, formaría parte de la gran máquina, con maldición y todo. Volverían a donde habían comenzado, pero las proporciones del problema serían mucho mayores. ¿Qué le iba a ocurrir a Nueva York?
John cogió el teléfono y las luces se apagaron. Todas.
La última información de salida que vino de ConEd/General fue una señal automática pidiendo un enlace con la complejísima unidad de diagnosis de que disponía el mayor ordenador de los Estados Unidos: el IBMvac 2000 de Washington. La mortal infección seguía adelante, extendiéndose por la Costa Este a través de los cables telefónicos.
El ordenador de Washington pidió ayuda a su vez, enviando una señal vía satélite a Ginebra, Génova y enlazando con Moscú.
Mientras, la maldición se filtró a los ordenadores más pequeños a través de los enlaces rutinarios de información con sus hermanos mayores. Cuando John Zold cogió el mudo teléfono, todos los ordenadores de carácter general del mundo habían quedado permanentemente inutilizados.
Podrían repararse partiendo de cero; se les podría borrar todo el programa y reprogramarlos después. Pero no se haría nunca porque quedaban dos ordenadores muy grandes y especializados que no tenían circuitos de empatía y por lo tanto eran inmunes. No podían tener circuitos de empatía porque su trabajo era el asesinato, el asesinato nuclear. Uno estaba debajo de una montaña en Colorado Springs y el otro debajo de una montaña cerca de Sverdlosk. Ambos podían resistir el impacto directo de una bomba atómica. Los dos evaluaban constantemente la situación del mundo en términos reales y los dos tenían la única función de decidir cuándo el enemigo estaría lo suficientemente debilitado como para hacer probable la victoria tras una contienda nuclear. Cada uno vio cómo la civilización enemiga detenía su marcha repentinamente.
Dos bandadas de proyectiles atómicos cruzaron sus estelas por encima del Pacífico Norte.
Una mujer muy vieja hace chasquear su látigo a lo largo del flanco del caballo y el rocín sigue avanzando despacio, ignorándola. Lleva por carreta un Plymouth de 1982 sin motor ni transmisión ni pieza metálica superflua alguna.
Es difícil manejar el látigo a través de la ventana lateral.
Pero la alternativa sería desmontar el parabrisas y cortar el techo, y a la mujer le gusta estar seca cuando llueve.
Un muchacho está sentado en silencio al lado de la mujer, mirando por la ventana. Había nacido con la enfermedad gadjo: su cuerpo era grande y bien proporcionado, pero la cabeza era demasiado pequeña y muy deforme. A ella no le importa; todo lo que quería era alguien fuerte y estúpido, para que cuidase de ella en sus últimos años. El chiquillo le había costado sólo dos gallinas.
Le está contando una historia, sabiendo que él no entiende la mayoría de las palabras.
«… Nos llaman gitanos porque en cierta época fue conveniente para nosotros que pensaran que habíamos venido de Egipto. Pero no venimos de ningún sitio ni vamos a ningún sitio. Ellos han olvidado a sus dioses y adoran a sus máquinas, y por fin sus máquinas se han vuelto contra ellos. Pero nosotros, que hemos valorado los antiguos medios, hemos sobrevivido».
Gira el volante para ayudar al caballo a avanzar a través de los ocho carriles de asfalto desmenuzado, entre coches amontonados y oxidados y entre los huesos blanqueados de los que creían ir a algún sitio el día que John Zold fue curado.
Joe Haldeman